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En todo Latinoamérica se cuenta en las aulas de clase y en los libros de historia acerca de la conquista de los españoles en nuestro territorio desde 1492, algunos más descriptivos aun, hablan acerca de la fiebre del oro que se vivió paralelamente con la conquista. Latinoamérica era un territorio atestado de oro y lo mejor de todo es que la población precolombina sabía secretos para poder manear el oro sin necesidad de la fundición (aún hoy siguen siendo un misterio).

Para poblaciones como los Muiscas, los Quimbayas y otros de centro y Suramérica era común que sus objetos cotidianos como collares, peines o pulseras estuvieran hechos de oro. El ser humano desde siempre se ha visto atraído por todo lo que trae brillo consigo.

Pero bien lo dice el refrán: “No todo lo que brilla es oro” y esto era algo que tenía muy claro los españoles pero no tanto los pueblos precolombinos. Los españoles quedaron como es obvio deslumbrados al ver tanto oro y tan accesible así que se la ingeniaron para engañar los desprevenidos indígenas. En sus barcos y en sus bolsillos había muchos espejos que cargaban por cuestión de vanidad y de supervivencia marina, espejos que no existían en las tierras del nuevo mundo en donde también era una sorpresa así como el oro sorprendía a los invasores.

Los marineros no lo dudaron, entendieron que la modalidad de comercio de los indígenas era el trueque y ofrecieron sus espejos a cambio del oro que colgaba de cuellos, orejas, manos y narices. Aparentemente un negocio atractivo para ambos, ya que los indígenas entendían a los espejos como elementos tan brillantes que podían incluso reflejarlos a ellos mismos.

El negocio se hizo y España pasó a ser una potencia mundial con las riquezas extraídas de nuestro continente. Hoy con desazón sabemos que lo poco que quedó de todo eso está en museos británicos, franceses y españoles y los espejos tal vez ya son arena de nuevo.

Así es la fe de muchos cristianos, que atraídos por algo brillante se dejan seducir y hacen negocio con lo más preciado que tienen, su fe, su comunión con Dios y hasta su salvación.

Hoy no son elementos de oro ni espejos, pero es amor a cambio de placer, éxito a cambio de vergüenza, reconocimiento a cambio de deshonra, santidad a cambio de lujuria, posición a cambio de mentira, alabanza a cambio de distracción y para ponerla más entendible aún, televisión a cambio de oración y argumentos en lugar de palabra.

¿Cuál es tu espejo? ¿Cuál es tu oro? ¿Negociarás? ¿Qué te seduce?

1 Timoteo 4:7,10 No pierdas el tiempo discutiendo sobre ideas mundanas y cuentos de viejas. En lugar de eso, entrénate para la sumisión a Dios. Es por eso que trabajamos con esmero y seguimos luchando,[c] porque nuestra esperanza está puesta en el Dios viviente, quien es el Salvador de toda la humanidad y, en especial, de todos los creyentes.